La universidad suele llegar como llegan las facturas grandes: se ven venir, pero aun así sorprenden. Y en muchas casas españolas el golpe no es solo la matrícula. Es el alquiler del piso compartido, la fianza, el abono transporte, la comida, el portátil, el “me hace falta esto” de septiembre… y, sobre todo, la sensación de que todo ocurre a la vez.

Esa presión se traduce cada vez más en deuda. Según ASUFIN, el 13,8% de los préstamos al consumo que analiza se destina a financiar estudios universitarios, y advierte de que estos créditos se han cuadruplicado en la última década. No es el porcentaje exacto de familias endeudadas, sino el peso de la financiación educativa dentro del crédito al consumo, pero actúa como termómetro: más hogares tiran de préstamos para llegar.

Para evitar llegar tan ahogados, lo ideal es empezar a planificar al menos dos años antes de la entrada en la universidad. Ese margen permite ajustar presupuestos, reasignar gastos y evitar decisiones precipitadas.

La economista y cofundadora del comparador financiero HelpMyCash, Olivia Feldman, lo resume con una idea sencilla: “Esto no se resuelve con una conversación de última hora, sino con estructura”. Y cuando habla de planificación, no se refiere a teoría, sino a tareas concretas: proyectar gastos, fijar aportaciones mensuales, comparar escenarios, repartir responsabilidades y, también, poner límites sin culpa. “Financiar estudios superiores es financiar la vida adulta de tus hijos. Y eso exige planificación, diálogo y realismo”, resume.

Si el hijo o la hija contempla estudiar fuera de su ciudad, pueblo o incluso país, ese plazo debería ampliarse a cuatro años. “La diferencia de costes es enorme”, explica. “No es lo mismo estudiar en tu ciudad que mudarte de Cáceres a Madrid o de Castellón a Barcelona. Alojamiento, comida y transporte disparan el presupuesto”. Ignorar el factor geográfico es uno de los errores más comunes.

Poner cifras sobre la mesa

Uno de los consejos más útiles es casi contable: “Separar los gastos educativos te da claridad. Si los mezclas con el resto, no ves el tamaño real del esfuerzo”, explican desde HelpMyCash.
Y aquí conviene aterrizar números, porque el contraste entre vías es enorme. En la universidad pública, el precio medio del crédito se sitúa aproximadamente, para una matrícula de 60 créditos, en unos 929,4 euros. En la universidad privada, en cambio, el coste presencial por curso se mueve entre 4.700 y 20.000 euros.

Hacer números es clave, y mejor si se hace el ejercicio con el hijo o la hija delante. “Que no te dé reparo sentarte y poner números. Pídeles que investiguen: cuánto cuesta una habitación, una residencia, el transporte, o qué diferencia hay entre una universidad pública y una privada”.

Esto, además, tiene un efecto educativo claro: cuando el estudiante entiende el coste real, suele tratarlo con más responsabilidad. “Con 16 o 18 años ya no son niños. Involucrarlos en el proceso es parte de su educación financiera”, enfatiza.

De hecho, recomienda empezar antes, entre los 13 y los 15 años, especialmente en los últimos cursos de la ESO. No para exigir decisiones definitivas, sino para acostumbrarlos a relacionar estudios, coste y futuro profesional.

Y es que hablar de empleabilidad es uno de los puntos más delicados. Feldman no propone desanimar vocaciones, pero sí contextualizarlas. “Si tu hijo quiere estudiar una carrera con pocas salidas, es imprescindible que exista un plan. Que se pregunte: ¿de qué podría trabajar?”. A esa edad, recuerda, todos necesitamos algo de guía. “El objetivo no es solo estudiar, es que pueda construir una vida independiente y económicamente viable”.

Ahorrar sin magia: cuánto y cómo

Para quienes pueden hacerlo, la experta de HelpMyCash propone una estrategia a largo plazo: invertir desde el nacimiento. “Aportar 50 o 100 euros al mes en un fondo indexado al S&P500, por ejemplo, durante 18 años permite aprovechar el interés compuesto y crear un colchón importante”, ejemplifica. “Cuando llegue el momento de ir a la uni, quizá no hará falta usarlo todo. Puede que solo se necesite una parte. Pero esto, más que ahorro, es una filosofía de vida”.

Y si los padres no se sienten cómodos invirtiendo en bolsa, las cuentas remuneradas y los depósitos siguen siendo buenas aliadas. Lo importante es empezar con tiempo, para que el golpe no se concentre en un solo año, sobre todo cuando los hijos se marchan fuera del hogar.

La organización también sirve para no cruzar líneas rojas, especialmente la de poner en riesgo la estabilidad financiera de los padres. “Endeudarse para pagar una carrera puede ser una opción en casos muy concretos, pero es fundamental que el estudiante asuma una responsabilidad clara y demuestre que esos estudios tendrán un retorno real”. De lo contrario, advierte, se corre el riesgo de financiar un capricho, y esa no es una buena lección de vida, especialmente si la familia no puede permitírselo.

Desde HelpMyCash recuerdan que en España existen préstamos y ayudas estudiantiles que pueden dar un respiro. “Hay préstamos —sobre todo vinculados a universidades prestigiosas— que no se empiezan a devolver hasta que el graduado trabaja”, apunta. Becas y trabajos a tiempo parcial también deberían formar parte de la ecuación.

La educación financiera no es una charla, es el ejemplo

Feldman lanza una crítica suave, pero contundente: “Nos falta educación financiera en la escuela, y eso hace que muchos jóvenes elijan estudios sin pensar en su independencia económica”.
Porque más allá de los números, la conversación tiene un trasfondo vital. “Poder decir: he estudiado, trabajo, soy independiente… todo eso te da seguridad y autoestima”, afirma. Y recuerda que, aunque legalmente los hijos sean adultos a los 18, todavía necesitan orientación.
Guiar no es imponer. Es ayudarles a pensar cómo combinar lo que les gusta con lo que les permitirá vivir. “Esa es la mejor herencia financiera que unos padres pueden dejar”, concluye.