En muchas parejas, el dinero puede convertirse en un tema delicado. La disputa puede aparecer, por ejemplo, por una deuda, no por su mera existencia, sino por no conocerla bien: no saber cuánto se debe, a qué tipo de interés está, qué cuota se paga cada mes o cuándo vence. Este desconocimiento dificulta tomar decisiones en pareja con tranquilidad. 

Cuando hablamos de deuda no nos referimos a una financiación planificada, como puede ser un préstamo para comprar un coche o un préstamo de estudios, con intereses bajos, cuotas asumibles y sin impagos. Nos referimos a esas deudas caras y difíciles de controlar, como el saldo pendiente de una tarjeta de crédito con intereses elevados —especialmente si se paga a plazos— o un préstamo personal contratado a un tipo alto para cubrir los gastos diarios y que nos cuesta devolver”, explican los expertos de HelpMyCash.

En este tipo de deuda es habitual que una de las dos personas prefiera callárselo a la otra, ya sea por vergüenza o para no preocupar. Pero ese silencio suele salir caro: mientras no se afronta el problema, los intereses siguen acumulándose. Y cuando por fin se habla, el golpe no es solo en la cuenta, también afecta a la confianza en la pareja, advierten.

Hablar de dinero, y especialmente de deudas, no implica necesariamente discutir”, matizan desde HelpMyCash. “En realidad, es una forma de tomar decisiones conscientes. Las parejas que incorporan estas conversaciones de manera regular no lo hacen porque todo vaya perfecto, sino para evitar que los problemas crezcan en silencio”, añaden. Al final, la conversación no va de buscar culpables, sino de entender la situación y poner números sobre la mesa para decidir qué se puede hacer y en qué plazos.

Por qué es tan importante conocer esa deuda y cómo afecta a la pareja

Aunque una deuda esté a nombre de una sola persona, sus consecuencias acaban entrando en la vida de los dos. Al principio se nota en decisiones pequeñas: desde planear unas vacaciones hasta calcular cuántos días podéis permitirnos sin que uno tenga que renunciar o, peor, tirar de más crédito para pagarlas. “Es difícil organizar un plan común si uno de los dos no puede asumir ciertos gastos o los cubre endeudándose aún más”, explican.

Con el tiempo, el impacto suele escalar a decisiones mayores. Por ejemplo, comprar una vivienda: si esa persona no logra ahorrar por la carga de sus deudas, el proyecto se retrasa indefinidamente. Y si además ha acumulado impagos y figura en ficheros como ASNEF, la hipoteca puede volverse directamente inviable, advierten desde HelpMyCash.

Entender la deuda del otro no significa cargar con ella como si fuera propia, pero sí incorporarla a la planificación común. En la práctica, eso puede implicar que, durante un tiempo, uno de los dos aporte más al presupuesto compartido para que la pareja pueda reducir ese saldo que está lastrando. “Si antes se contribuía al 50%, puede acordarse temporalmente un reparto del 60%-40%”, explican los expertos.

El problema llega cuando esa ayuda se vuelve indefinida, sin objetivo ni reglas, y acaba convirtiéndose en rescates recurrentes —por ejemplo, tapando descubiertos mes tras mes—. Ahí aparecen el desgaste y la frustración. “La recomendación es pactar límites y condiciones: cuánto se ayuda, durante cuánto tiempo y qué cambios se esperan a cambio de ese apoyo”, señalan desde HelpMyCash. Incluso dejarlo por escrito, aunque sea en una nota compartida, ayuda a evitar malentendidos y a que ambos tengan claro el compromiso.

Hablar de finanzas, la conversación que hay que tener

Antes de abrir una cuenta conjunta, pedir un préstamo a nombre de ambos o firmar una hipoteca, es aconsejable entender cómo afecta esa deuda existente a la capacidad de endeudamiento. “De nuevo no hace falta dedicar horas: una conversación sincera, centrada en revisar la situación y decidir el siguiente paso, suele ser suficiente”, insisten desde HelpMyCash.